viernes, 25 de noviembre de 2016

INÉDITOS I

Era una época rara, en la que cada tanto escribía más como reacción a algún texto leído en algún medio.
Este texto sobre la película de Sam Raimi es del 2009 (y se ve que estaba enojado con la crítica de Hernán Ferreirós) y nunca fue publicado.


Algunas anotaciones alrededor de “Arrástrame al infierno”, y de alguna crìtica, y seguramente, sobre el cine de terror. 

            Fue cuestión de salir de ver “Arrástrame al infierno” –en un estado de auténtica felicidad cinematográfica- y toparme –como quien se choca contra el camión de “Terminator 3”- con la crítica escrita por Hernán Ferreirós en el último número de la revista Veintitrés. Ya se sabe, una crítica no deja de ser una opinión y de allí que es subjetiva. Uno puede discutirla, apoyarla o prestarle la más grata indiferencia. Lo que no puede es dejar pasar lo que en el mejor de los casos, son errores (groseros) de lectura.(Errores que se repiten, por qué negarlo en la crítica de Gustavo Noriega en El Amante).
            Ferreirós rebaja la película a ser una especie de relectura con más dinero de las películas de Raimi. Una variación, digamos. A la que califica como buena. Semejante planteo invalidaría considerar, por ejemplo, a “El Dorado” de Howard Hawks, como una gran película. Pero hay una cuestión que va más allá, y que tiene que ver con la consideración que se plantea alrededor del cine de terror en general y el de Raimi en particular. La idea de la exageración del terror como puesta en grotesco.
            Pensar en una película de terror y hablar de escenas hilarantes es de una colonización mental un tanto exagerada (en tanto, hoy por hoy, el género de terror parecería estar edificado sobre la necesidad de un público adolescente que termina, invariablemente, riéndose). No hay un solo momento de la película de Raimi que repose sobre los principios de, por ejemplo, “Evil dead 2”, donde todo sí estaba exageradamente construído –desde los gritos desaforados y la sangre hasta el uso de angulares- para generar una diversión catártica. No hay risa posible en “Arrástrame al infierno”, sino un terror generado desde lo cotidiano y que se confunde sistemáticamente con lo sobrenatural.
            La doble secuencia que justifica la historia –la escena en el banco y en el estacionamiento- parten de un terror que no tiene nada de extraordinario y que se basa en la irrupción de lo distinto(lo distinto es: lo no pulcro, lo incompleto, lo inválido, y no es nada casual que esa irrupción aparezca justamente en un banco). Si la pelea en el estacionamiento es poderosa es porque no tiene absolutamente nada de sobrenatural, sino porque se presenta como un desquicio de lo real. Y cuando lo sobrenatural aparece, no lo hace invadiendo directamente la pantalla, sino a partir de una continua subjetiva sonora desde la protagonista. No son elementos que se ven, sino que se oyen, que se perciben desde el oído de la protagonista lo que genera, más que terror una opresión angustiante; y allí no dejan de ser elementos cotidianos los que funcionan para alterar el clima de la historia: sombras, ventanas que se abren, el viento que levanta remolinos de hojas, ollas que entrechocan entre sí, el crujir de la madera, un chirrido metálico, una gota de sangre que cae, una mosca que intenta entrar por la nariz y la boca de la protagonista. Como suele ocurrir, el terror es ya no solo a lo desconocido, sino a lo que no puede verse.
            Cierto, hay momentos que remiten a situaciones del gore, pero que no dejan de ser subjetivas de la protagonista, que no comparte con el resto del mundo. Sin embargo, la visión del infierno según Raimi es un poquito más compleja, si se quiere, y está enquistada en la supuesta normalidad: la competencia feroz por el cargo vacante del banco, la humillación a la que se somete a la vieja delante de los demás, el descrédito del racionalismo encarnado en el novio hacia el conocimiento no académico encarnado en el vidente, y, sobre todo, en la familia rica, poderosa, del novio de la protagonista(¡hay que ver el rostro de la madre de Clay y pensar si no genera más pavor que el de la propia vieja!).
            Pero hay una cuestión que es clave en la crítica y que señala definitivamente el error de lectura. Dice Ferreirós: “…la solución evidente que el médium le sugiere a la protagonista al final para librarse de su problema, bien podría habérsela sugerido al principio”. Sin revelar cuál es la opción, puede decirse con claridad que la opción no se plantea antes porque es la opción de última. Pero además, porque justamente la idea es ir a contracorriente de lo que algunos exponentes del cine de terror –pienso fundamentalmente en las versiones de “The ring” hechas en Estados Unidos- han planteado: que la salvación es individual, y que no importa si para ello, se debe diseminar el mal hacia otros. La escena en la que Christine está en el café, decidiendo cómo ponerla en práctica es justamente la confirmación de que no hay salvación individual posible, porque los demás también son personas. Si esa solución se sugería antes, estaríamos ante otra película, que justificaría el terror en la escalada del mal y no en la consecuencia de los actos y las decisiones de la protagonista.
            Como si no alcanzara, el final de la película no solo es de los mejores del cine de terror de los últimos años, sino que es absolutamente honesto y coherente con la visión que ha desplegado durante toda la película: el terror reside en lo cotidiano. Y como todo se va derivando de una serie de errores y torpezas –hasta en eso la película humaniza a los personajes-, no cabe otro final que el que tiene. Y que demuestra, de paso, a películas infladas como la serie “Destino Final”, que uno puede jugar con la idea de lo que no puede eludirse desde un lugar más inteligente.

            Una última idea: antes de la proyección, el espectador es saturado con una serie interminable de trailers de películas de terror (recuerdo solo algunos nombres como “El caso 39” ó “La huérfana”), en las que, podría apostar a ciegas, hay menos ideas y menos terror real en todas ellas juntas que en una sola escena de “Arrástrame al infierno”.

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