Y bueno, salió esto, que estuvo en una página de internet platense cuyo nombre no recuerdo...
SINCERIDAD Y
REPETICIÓN
No se le puede negar
sinceridad al dúo que componen Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale. Cuando
llamaron a su anterior disco y espectáculo, “Más de lo mismo”, partían de la
idea de volver a unirse por la música y recuperar aquellos temas que formaron
parte de su repertorio en la década anterior. Ahora, el “Clásicos y acústicos”
que presentaron en el Coliseo Podestá el pasado sábado 10 no prometía más que
eso: revisitar un repertorio mayormente clásico en la trayectoria del dúo, y dotarlo
de un ropaje sonoro diferente.
El problema reside,
básicamente, en la repetición. En la forma en que los artistas suelen
recostarse en la comodidad que le brindan los temas que han sido éxitos, bajo
la excusa, presumiblemente veraz, de que son “los que la gente quiere
escuchar”. Fue eso, y no otra cosa lo que generó que el recital del dúo quedara
claramente desbalanceado. La primera mitad fue impecable no solamente en lo
musical sino en la elección del repertorio. A la serie de tangos – dos versiones
especialmente destacables de “Renaceré en Buenos Aires en el año 3001” y “Garúa” más la
recurrencia a “Naranjo en flor” y “Nada”- que parece ser el territorio en donde
ambos se mueven con mayor soltura, siguieron un par de temas que constituyen
una novedad para los intérpretes: una delicada versión de “El otro cambio, los
que se fueron”, de Litto Nebbia, y un nuevo, enorme hallazgo en la cantera
autoral de Roque Narvaja (“Yo era el capitán”), cantado a dúo por Baglietto y
su hijo Julián. A eso siguió la relectura de “Dormite patria”, de Adrián
Abonizio y “DLG” de Fito Páez, y el momento instrumental en la “Milonga del 700” –con la que Lito Vitale
parece haber retomado la senda de sus tríos de la década del 80-, que cerraron
el tramo artísticamente más intenso e inobjetable del recital.
Lo que siguió luego fue
lo que justificó el título de “clásicos”: una andanada previsible de temas de
la que escapó una versión algo deslucida, en comparación con la versión grabada
por Baglietto, de “Solo”, de Jorge Fandermole. Como para dar la razón a los
músicos, fue a partir de allí que el público abandonó su silencio para entrar
en un juego más participativo. “Tonada de un viejo amor”, “Canción del
jangadero”, “El mensú”, “Piedra y camino”, “Las cosas tienen movimiento”, y el
medley que jugó como bis, sumando “La vida es una moneda”, “Mirta, de regreso”,
“Era en abril” y “Puñal tras puñal”, entre otras, constituyeron un crescendo
notoriamente calculado pero no por ello menos efectivo en el público.
Los músicos confinaron
casi todo riesgo en el espectáculo a la modificación de los arreglos de las
canciones que vienen tocando desde hace tiempo. El agregado de cuerdas y
vientos le da otra espesura a las canciones, además de despejar los riesgos de
saturación de sonidos incidentales en que incurre Vitale. A cambio de ello,
permitió apreciar en mayor medida sus virtudes como pianista que en instancias
anteriores quedaban algo opacadas. Baglietto en cambio reafirmó su dominio de
la escena, pero por sobre todo, la persistencia de una voz privilegiada,
intacta en su registro, pero que gana continuamente en expresividad.
En una noche que se
cerró con la sorpresa de los músicos firmando discos en el hall del teatro, solamente
es de lamentar los claros llamativos en la sala, producto quizás, de una
estrategia errónea, que consistió en programar en un mismo fin de semana al dúo
y a Barboza-Spasiuk, sobre todo teniendo en cuenta que los públicos de ambos
son mayormente compartidos.
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