martes, 29 de noviembre de 2016

SEMI-INÉDITOS II

Hace unos tres o cuatro años, el amigo Mario Alomar me pidió si podía escribir una crónica sobre un recital de Baglietto & Vitale en La Plata.
Y bueno, salió esto, que estuvo en una página de internet platense cuyo nombre no recuerdo...

SINCERIDAD Y REPETICIÓN
           
            No se le puede negar sinceridad al dúo que componen Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale. Cuando llamaron a su anterior disco y espectáculo, “Más de lo mismo”, partían de la idea de volver a unirse por la música y recuperar aquellos temas que formaron parte de su repertorio en la década anterior. Ahora, el “Clásicos y acústicos” que presentaron en el Coliseo Podestá el pasado sábado 10 no prometía más que eso: revisitar un repertorio mayormente clásico en la trayectoria del dúo, y dotarlo de un ropaje sonoro diferente.
            El problema reside, básicamente, en la repetición. En la forma en que los artistas suelen recostarse en la comodidad que le brindan los temas que han sido éxitos, bajo la excusa, presumiblemente veraz, de que son “los que la gente quiere escuchar”. Fue eso, y no otra cosa lo que generó que el recital del dúo quedara claramente desbalanceado. La primera mitad fue impecable no solamente en lo musical sino en la elección del repertorio. A la serie de tangos – dos versiones especialmente destacables de “Renaceré en Buenos Aires en el año 3001” y “Garúa” más la recurrencia a “Naranjo en flor” y “Nada”- que parece ser el territorio en donde ambos se mueven con mayor soltura, siguieron un par de temas que constituyen una novedad para los intérpretes: una delicada versión de “El otro cambio, los que se fueron”, de Litto Nebbia, y un nuevo, enorme hallazgo en la cantera autoral de Roque Narvaja (“Yo era el capitán”), cantado a dúo por Baglietto y su hijo Julián. A eso siguió la relectura de “Dormite patria”, de Adrián Abonizio y “DLG” de Fito Páez, y el momento instrumental en la “Milonga del 700” –con la que Lito Vitale parece haber retomado la senda de sus tríos de la década del 80-, que cerraron el tramo artísticamente más intenso e inobjetable del recital.
            Lo que siguió luego fue lo que justificó el título de “clásicos”: una andanada previsible de temas de la que escapó una versión algo deslucida, en comparación con la versión grabada por Baglietto, de “Solo”, de Jorge Fandermole. Como para dar la razón a los músicos, fue a partir de allí que el público abandonó su silencio para entrar en un juego más participativo. “Tonada de un viejo amor”, “Canción del jangadero”, “El mensú”, “Piedra y camino”, “Las cosas tienen movimiento”, y el medley que jugó como bis, sumando “La vida es una moneda”, “Mirta, de regreso”, “Era en abril” y “Puñal tras puñal”, entre otras, constituyeron un crescendo notoriamente calculado pero no por ello menos efectivo en el público.
            Los músicos confinaron casi todo riesgo en el espectáculo a la modificación de los arreglos de las canciones que vienen tocando desde hace tiempo. El agregado de cuerdas y vientos le da otra espesura a las canciones, además de despejar los riesgos de saturación de sonidos incidentales en que incurre Vitale. A cambio de ello, permitió apreciar en mayor medida sus virtudes como pianista que en instancias anteriores quedaban algo opacadas. Baglietto en cambio reafirmó su dominio de la escena, pero por sobre todo, la persistencia de una voz privilegiada, intacta en su registro, pero que gana continuamente en expresividad.

            En una noche que se cerró con la sorpresa de los músicos firmando discos en el hall del teatro, solamente es de lamentar los claros llamativos en la sala, producto quizás, de una estrategia errónea, que consistió en programar en un mismo fin de semana al dúo y a Barboza-Spasiuk, sobre todo teniendo en cuenta que los públicos de ambos son mayormente compartidos. 

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